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Evangelio del domingo 15 de marzo de 2026
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Evangelio del domingo 15 de marzo de 2026

IV Domingo de Cuaresma

Evangelio según san Juan 9, 1.6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva y se lo puso en los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera. Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 9, 1-41

Ver diferente: Cuando abres los ojos a una nueva realidad

Ver no es solo cuestión de ojos físicos. A veces miramos sin comprender, observamos sin descubrir. Cristo vino a abrirnos los ojos del corazón para contemplar la realidad desde una perspectiva completamente nueva.

Oración: Señor Jesús, luz del mundo, toca nuestros ojos para que podamos ver más allá de las apariencias. Ayúdanos a descubrir tu presencia en nuestra vida y a contemplar la realidad con tu mirada. Que tu Palabra ilumine hoy nuestra ceguera. Amén.

1. Reconocer tu propia ceguera

El ciego del Evangelio sabía que no veía. Paradójicamente, los fariseos que tenían vista física vivían ciegos a la verdad, y pensando que sí la veían.

La primera condición para ser sanados es reconocer que necesitamos serlo. Muchos caminamos por la vida convencidos de que vemos claramente, cuando en realidad nuestros prejuicios, miedos y egoísmos nos mantienen en la oscuridad.

Esta ceguera se manifiesta de formas concretas: no vemos las necesidades de quienes nos rodean, no reconocemos nuestros propios defectos, no percibimos las oportunidades de crecimiento que Dios nos pone delante. Como los fariseos, podemos estar tan seguros de nuestras certezas que rechazamos cualquier evidencia que las contradiga.

Cristo nos invita a la humildad de reconocer: “No veo todo, no lo comprendo todo, necesito que me abras los ojos”. Esta apertura honesta es el primer paso hacia la verdadera iluminación. Solo quien se sabe ciego puede ser curado.

2. Dejarte tocar por Cristo en tu barro

Jesús hace lodo con saliva y tierra para curar al ciego. Este detalle nos conecta con el Génesis, donde Dios formó al hombre del barro de la tierra (Gn 2, 7). Cristo realiza una nueva creación: no solo devuelve la vista, sino que recrea a la persona completa desde su humanidad más básica.

El proceso de sanación implica aceptar que Cristo toque nuestro “barro”: nuestras limitaciones, heridas, fracasos y vulnerabilidad. No viene a curarnos desde la distancia, sino ensuciándose las manos con nuestra realidad. Esto requiere confiar en métodos que no siempre entendemos, como el ciego que obedeció sin cuestionar.

Muchas veces queremos que Dios nos sane instantáneamente y sin esfuerzo. Pero el ciego tuvo que levantarse, caminar hasta Siloé y lavarse. La colaboración es necesaria. Cristo abre nuestros ojos, pero nosotros debemos disponernos a ver diferente, aunque eso signifique salir de nuestra zona de confort.

3. Dar testimonio de lo que has visto

La transformación del ciego fue tan radical que sus vecinos dudaban si era la misma persona. Una auténtica experiencia con Cristo nos cambia de manera visible para los demás. No podemos encontrarnos verdaderamente con él y permanecer iguales. El ciego repite sin cesar: “Yo soy”, afirmando su nueva identidad.

Los fariseos lo interrogan, lo presionan, lo ridiculizan, pero él mantiene su testimonio firme: “Era ciego y ahora veo”. No necesita elaborar complejas argumentaciones teológicas. Su vida transformada habla por sí misma. Este es el testimonio más poderoso: la coherencia entre lo que decimos creer y cómo vivimos.

Finalmente, el ciego no solo recibe la vista física, sino que llega a la fe plena adorando a Jesús como Señor. Ver y creer se unen. Cuando Cristo abre nuestros ojos, descubrimos no solo una nueva forma de mirar el mundo, sino su presencia amorosa en medio de nuestra historia.

Idea de compromiso personal

Dedica tiempo esta semana para identificar una “ceguera” personal: un prejuicio, una actitud o una situación donde no estás viendo con claridad. Pide a Cristo en la oración que abra tus ojos. Comparte con alguien de confianza un cambio positivo que la fe ha producido en tu vida.

Oración final

Señor Jesús, luz verdadera, gracias por iluminar nuestra oscuridad. Que María, estrella de la nueva evangelización, nos guíe hacia ti. Envía tu Espíritu Santo para que veamos con tus ojos y demos testimonio valiente de tu presencia transformadora en nuestras vidas. Amén.

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