Evangelio del domingo 21 de diciembre 2025
IV Domingo de Adviento
Evangelio según San Lucas 1, 39-45
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto esta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.
Introducción: La prisa del amor
Cuando experimentamos algo grande, algo que nos llena de alegría, no podemos quedarnos quietos. Necesitamos compartirlo, llevarlo a otros. María acaba de recibir la noticia más extraordinaria de la historia: será la Madre del Salvador. Y su primera reacción no es quedarse contemplando su privilegio, sino ponerse en camino “presurosa” para servir a su prima Isabel. El amor verdadero siempre tiene prisa, no puede esperar para darse. Este Evangelio nos muestra que encontrar a Cristo no es el final del camino, sino el comienzo de una misión: llevar su presencia a los demás.
Oración: Señor Jesús, que habitas en el corazón de María, enséñanos a no guardarte solo para nosotros. Danos la generosidad de María para llevar tu presencia allí donde hace falta. Que tu amor nos ponga en movimiento, nos impulse a salir de nosotros mismos y nos llene del deseo de servir. Ven, Espíritu Santo, a encender en nosotros el fuego del amor que no puede quedarse quieto. Amén.
1. La prisa del amor: fe que se mueve
María “se encaminó presurosa”. No lo pensó demasiado, no esperó a que las circunstancias fueran perfectas. El amor verdadero tiene urgencia, no porque sea impulsivo, sino porque no puede contener el deseo de entregarse.
Acababa de recibir una noticia que cambiaba toda su vida, podría haberse quedado procesándola, pero su primer pensamiento fue para Isabel, su prima anciana que necesitaba ayuda. Llevaba a Jesús en su vientre y su primera acción fue ponerlo al servicio de los demás.
Esto nos desafía a revisar nuestra manera de vivir la fe. ¿Es nuestra fe contemplativa y pasiva, o nos pone en movimiento? ¿Nos quedamos absortos en nuestras experiencias espirituales o salimos a compartir el amor que hemos recibido?
La verdadera espiritualidad cristiana no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos lanza a la misión. Como dice el Cantar de los Cantares 8, 6: “Fuerte es el amor como la muerte”. El amor no puede quedarse quieto.
2. Llevar a Cristo: ser portadores de alegría
María no iba sola a visitar a Isabel. Llevaba a Jesús en su vientre. Y cuando llega, sucede algo maravilloso: Juan el Bautista salta de gozo en el seno de su madre. La presencia de Cristo provoca alegría, vida, celebración.
Cada vez que vamos a nuestro trabajo, a la universidad, a casa de un amigo, llevamos a Cristo con nosotros si vivimos en gracia. Nuestra presencia puede ser portadora de paz, de esperanza, de alegría para quienes nos rodean.
No necesitamos hacer grandes discursos religiosos. María no predicó a Isabel, simplemente la saludó. Pero en ese saludo sencillo iba contenida la presencia de Cristo. Así también nosotros, con nuestra amabilidad, nuestra sonrisa, nuestra escucha atenta, podemos llevar a Cristo a otros.
Isabel reconoció inmediatamente lo que estaba sucediendo. El Espíritu Santo le reveló que María traía al Mesías. Cuando vivimos auténticamente nuestra fe, los demás perciben algo diferente en nosotros, aunque no sepan explicarlo.
3. Dichosa tú que has creído
Isabel proclama: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado”. La fe de María es la clave de todo. Ella creyó cuando no había evidencias, cuando humanamente parecía imposible.
Nosotros también estamos llamados a creer: a creer que Dios puede transformar nuestra vida, que nuestros esfuerzos por ser mejores no son en vano, que el bien siempre vence al mal, que vale la pena entregarse en el servicio. Creer cuando no vemos resultados inmediatos.
La fe no es ingenua ni ciega. Es una confianza profunda en la fidelidad de Dios. María creyó porque conocía las promesas de Dios a su pueblo. Recordaba cómo Dios había intervenido en la historia: liberando a su pueblo de Egipto, sosteniendo a los profetas, cumpliendo sus promesas.
Esta Navidad está a pocos días. La pregunta es: ¿creemos realmente que Cristo viene, que puede nacer en nuestro corazón, que puede transformar nuestra vida? La fe abre la puerta a los milagros de Dios.
Idea de compromiso personal
Esta semana, antes de la Navidad, visita a alguien que necesite compañía o ayuda: un familiar solo, un amigo que atraviesa dificultades, un vecino anciano. No vayas con las manos vacías, pero sobre todo lleva tu presencia, tu escucha, tu alegría. Deja que Cristo, que vive en ti, toque el corazón de esa persona.
Oración final
Señor Jesús, te pedimos el corazón generoso de María para salir de nosotros mismos y servir a los demás. Que nunca nos conformemos con una fe cómoda que no se traduce en acciones concretas de amor. Ayúdanos a ser portadores de tu presencia allí donde vamos, a contagiar esperanza y alegría en medio de un mundo que tanto lo necesita. Virgen María, Madre nuestra, enséñanos a creer como tú creíste, a confiar como tú confiaste, a servir como tú serviste. Que en estos últimos días de Adviento preparemos nuestro corazón para recibir a tu Hijo con fe viva y amor generoso. Espíritu Santo, haz que también nosotros saltemos de gozo ante la cercanía de Cristo que viene. Amén.

